Me miras, luego existo. Me likeas, luego existo

Nicholas George Carr en su libro ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Superficiales -publicado en 2010- desarrolla, con una mayor profundidad, su propuesta aparecida en su artículo ¿Está Google haciéndonos estúpidos? publicado en 2008 en el anuario de la revista The Atlantic.

Hoy en día, cuando necesitamos acceder a información acudimos a Internet. Según Carr este proceso -imparable y progresivo- supone un coste intelectual ya que cedemos a esta tecnología procesos cognitivos como el pensamiento profundo y la creatividad. El resultado a largo plazo: la superficialidad.

La proliferación de las redes sociales -desde ese ya lejano 2008- quizás haya acrecentado ese proceso descrito por Carr. No solo ya en el plano cognitivo sino también en el de los valores y en nuestra manera de enjuiciar nuestra realidad y esa otra Realidad que nos rodea.

Reducir todo a un me gusta/no me gusta empobrece nuestra manera de objetivar el mundo y nuestra existencia. No todo puede medirse con esos dos tipos de emociones que funcionan, además, de manera rápida y confusa.

Estar contando continuamente lo que hacemos -en una foto, en un tuit, en una Post- nos vacía por dentro en la misma proporción con la que llenamos esas redes sociales con lo que hacemos o pensamos.

Una red social como Instagram, en el que la imagen sustituye a la palabra, reduce el “ser” al “parecer”; o, dicho con un mayor rigor psicológico, solo necesitamos “parecer” para “ser”. Esta red social, como ninguna otra, favorece la tendencia hacia una semiótica visual. La sociedad líquida, descrita por Zygmunt Bauman, parece haber encontrado en la imagen su canal predilecto para hacerse presente.

Este proceso descrito puede que adquiera un mayor impacto entre las nuevas generaciones, esa llamada generación digital que, quizás, no distinga ya entre su vida online y su vida offline. El motivo: pasar más tiempo entre pantallas que frente a otras personas.

Entre los jóvenes -y, cada vez más, entre los no tan jóvenes- el “Pienso, luego existo” cartesiano se reformula, hoy en día, de la siguiente manera: “Me miras, luego existo”. “Me likeas, luego existo” La mirada ajena es el nuevo espejo que proyecta nuestro yo.

¿Es cierto lo descrito? ¿Cómo vivencia esta realidad la gente joven? Seguiremos en otra Entrada.

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