El doctorado de Wittgenstein

«No se preocupen, sé que jamás lo entenderán» Con esta frase concluía el 18 de junio de 1929, en Cambridge, el que seguramente fuera el examen oral de doctorado más peculiar de la historia de la filosofía. 

Peculiar no solo por la afirmación lanzada por el alumno al tribunal, sino también por los propios protagonistas de la historia y la tesis doctoral presentada a examen. El alumno, Ludwig Wittgenstein. Los miembros del tribunal, Bertrand Russell y George Edward Moore. La tesis: el Tractatus Logico-Philosophicus. 

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Wolfram Eilenberger en ‘Tiempo de magos. La gran década de la filosofía 1919-1929’, nos relata este singular hecho. Contextualizado, aún adquiere un mayor significación.

El Wittgenstein que regresa a Cambridge el 18 de enero de 1929 ya no es el mismo de aquellos años de principio de la década de 1910, época en la que estudiara allí con Russell convirtiéndose en toda una figura de culto entre los estudiantes. 

No, no es el mismo, aunque físicamente parezca que por él no pasan los años -ya tiene cuarenta- y mantenga esa su costumbre de vestir como siempre; a saber, camisa abotonada sin cuello, pantalón gris de franela y pesados zapatos rurales de piel.

Muchos acontecimientos han marcado su existencia: su participación en la Primera Guerra Mundial, su alejamiento de toda actividad filosófica, su años de profesor de escuela, su renuncia a la herencia familiar, su propio tormento interior…

No, no es el mismo; roto por dentro, atormentado por fuertes depresiones, sin título académico alguno y sin dinero, regresa a Cambridge para volver a filosofar. 

Sus amigos deciden ayudarle; no con dinero, pues Wittgenstein al tiempo que renuncia a su herencia, renuncia al mismo tiempo a recibir cualquier tipo de ayuda económica. ¿Qué hacer, entonces, para retenerlo en la Universidad? Ni otorgarle una beca resulta posible.

Surge, entonces, la idea de que podría presentar su Tractatus como tesis doctoral. Russell,  que se había ocupado personalmente de su publicación en 1921-1922, escribirá el prólogo para respaldarla.  Y, así, seis meses después de su regreso, Wittgenstein defenderá su tesis.

firma

Y ocurre lo inevitable. Wittgenstein se desespera ante su “prestigioso” tribunal. Quizás, ante ellos, se ve como ese prisionero de la caverna platónica que, una vez vista la luz, fracasa en su intento de hacer comprensible su descubrimiento al resto de prisioneros.

No entienden nada… Y se dijo: ¡ Basta ! Se levanta, camina hacia el lado opuesto de la mesa, da unas palmadas benevolentes en los hombros de Russell y Moore y pronuncia la famosa frase. Y se marcha.

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